La garganta del relator revienta los parlantes de la televisión.
El delay las señales, hace que los gritos comiencen a brotar en cascada,
desde las torres hasta el último chaperío.
Por Emilio Mendoza
Se sabe en una y otra punta de la ciudad y en el campo que la rodea también,
que esas voces al unísono, son mas que un canto de gol,
son la alegría contenida de todo un pueblo,
que anda cansado de seguir prestando la otra mejilla.
Suena el silbato, el árbitro alza los brazos
y por fin señala la mitad del campo de juego.
Recuperamos el aliento,
miramos al cielo, agradecemos a alguien
y renovamos la fe en nuestras cábalas.
Nuevamente poco a poco comienzan a abrirse las puertas,
la alegría recupera las calles
y aunque sea por un instante
la amargura no es la nuestra.
Y les pedimos silencio a los gerentes de la alegría,
déjenos soñar, que veintidós tipos detrás de una pelota,
sean una pequeña revancha ante tanta herida isleña que no sana.
Hagan silencio que el pueblo una vez más,
anda ganas de volver a ser “un puño apretado”.

