Otra de tiros: Bienvenidos al tren

Una vez, mientras yo estaba enterrando a uno de mis egos, 
se acercó a mí el sepulturero, para decirme:
-De todos los que vienen aquí a enterrar a sus egos muertos, 
sólo tú me eres simpático.
-Me halagas mucho -le repliqué-; 
pero, ¿por qué te inspiro tanta simpatía?
-Porque todos llegan aquí llorando-
me contestó él, y se van llorando; 
sólo tú llegas
riendo, y te marchas riendo, cada vez.

Khalil Gibran


Nota de Nina Ferrari (acerca del fenómeno morenense “Otra de tiros”)

Érase una vez en el Oeste
Un hombre de canas y bigotes con chaleco, botas tejanas y sombrero.
Tres amigas con camisas a cuadros y campera de cuero. Dos niñas disfrazadas de monjas.
Una ronda de niños jugando a montar caballos, repitiendo al unísono que hoy va a ser un gran día.
La fila da la vuelta manzana. Se aglutina una multitud frente a la boletería. 
La primera función está agotada, se habilita otra. La demanda es tal, que se suma una tercera.  Como en los tiempos del circo criollo y el sainete, los organizadores se ven obligados a agregar funciones, para apaciguar el clamor de las masas exigiendo su lugar en la fiesta.
Son tiempos de desguace y desmantelamiento, y a pesar de estar sufriendo una recesión sin precedentes, el pueblo de Moreno se congrega  una vez al mes en la puerta del teatro municipal. Hacen largas filas, llueva, truene o granice.
Nadie quiere quedarse afuera de cada capítulo de la saga “Otra de tiros” , una comedia payasa, ambientada en el lejano Oeste. Allí, en la cantina “El Glorius”, se dan cita los habitantes del pueblo, para dirimir conflictos e infortunios relacionados con el poder, la legitimidad, la justicia y el sentido de la vida.
¿Qué hay detrás de este fenómeno? O mejor dicho ¿quiénes?

Mantenlo prendido juego

Si hay algo que admiro de los niños, es su capacidad de desprenderse de los supuestos en pos de la preservación del juego. Quienes convivimos y trabajamos con niños, hemos sido testigos de la capacidad que tienen de renunciar a la imagen mental previa en pos de mantener vivo el juego.

Los artistas, los poetas, los actores, pero más precisamente los payasos, entrenan para recuperar y mantener viva esa habilidad: la de renunciar a lo premeditado y ceder a lo que acontece, en pos de mantener encendido el juego, que es a su vez quien nos alumbra y abriga. 

Los adultócratas, en cambio, suelen ser amantes de los mapas, y hacen todo tipo de berrinche cada vez que el territorio no se ajusta al suyo.  La adultocracia egoica llega en su rigidez al extremo de perder afectos, relaciones, hogares, proyectos con tal de no ceder, o de reconocer el error, o de que no tenía la razón.

 Cabe aclarar que esa terca adultócrata también he sido yo, por supuesto. 

La comedia en particular tiene un fondo trágico, porque para poder hacer reír primero hay que saber perder. El payaso hace de su fracaso, su gracia. Tiene el coraje de recordarnos lo ridículos y frágiles que somos ante la muerte, que como buena ganadora, nos da toda una vida de ventaja. 

Que abandonen toda ilusión de tener razón o acumular méritos quienes ingresen aquí, reza el cartel en el umbral del Templo Payaso. No cabe la posibilidad de fingir o disimular, se entrena para asumir lo genuino, lo que está sucediendo aquí y ahora.  El trabajo no consiste en “mostrarse”, sino en dejarse ver. Solo perduran en escena (siguen en juego, léase con vida) aquellos que son capaces de renunciar a su esquema previo, a la supremacía mental, a la manía de la complacencia, a la ilusión de la corrección. 

Y acá cabe una aclaración fundamental: no se trata de una enumeración vacía de postulados. Técnicamente es así. Cualquiera que se haya atravesado la experiencia cómica lo sabe. 

 Sin fijas pero con prefijo

La compañía de teatro comunitario “Western Union Clown” es esencialmente la fusión de dos grupos de teatro: Clandestino Teatro y Tercer Cordón, además de otros actores y actrices “sueltos”. Está íntegramente conformada por trabajadores: ascensoristas, operarios, auxiliares, maestros de día; artistas de noche. 

Pero además, cada una, cada uno, contiene en sí, la experiencia social y comunitaria que caracteriza al territorio. 

¿Por qué dos compañías se fusionan en pos en un proyecto? ¿Cómo se lidia con las susceptibilidades y los egos de quienes actúan en pos de una historia? 

Para conocer los entretelones de semejante fenómeno, hay que remontarse al lejano oeste del conurbano bonaerense, en los años noventa, una época en la que forajidos de todo tipo (extranjeros y propios) arrasaron con las arcas y los sueños de un pueblo entero.  

 El grupo de teatro independiente Tercer cordón del distrito de Moreno, que nació junto a otras expresiones de organización cooperativa, como forma de resistencia al aluvión neoliberal que arrasaba ferozmente el tejido social. El núcleo fundador del grupo está conformado por el matrimonio de Mariela y Fredy, al que se sumaron Lara, Melina, Juan y otros compañeros a lo largo del tiempo. Si tuviese que elegir una palabra que lo represente, sin dudas sería “apertura”, porque desde que los conozco, siempre han estado abriendo caminos, alojando almas errantes y causas perdidas a su proyecto.

En aquellos tiempos de persianas y puertas cerradas, donde las cuentas cerraban con la gente afuera, estos jóvenes artistas y docentes  junto a otros artistas dieron a luz  a modo de antídoto, al festival de teatro comunitario “Octubre callejero”, el cual profesaba como valor central e inclaudicable el acceso democrático e irrestricto a la cultura. 

Estos colectivistas de buena cepa convocaban a artistas de todas las regiones del país (y latinoamérica) para ofrecer funciones de teatro en los barrios de la periferia. Las funciones se brindaban en espacios públicos, de manera libre y gratuita, y al finalizar la función se pasaba “el sombrero”, donde se recolectaba el dinero que luego era repartido entre los artistas de manera equitativa, como gesto democratizador. Sin ningún tipo de financiamiento estatal ni privado, sostuvieron durante más de diez años el proyecto.

En definitiva: en aquellos tiempos oscuros  de muros, persianas y pólvora, ellos dedicaron su vida a tender puentes, crear lazos y soplar brasas.  

Coproducción, cooperativo, coautoría: en mi tierra hay escasez de casi todo, pero por fortuna, abunda el prefijo co.

El teatro, esa casa.

Actuando en una plaza: así la conocía a Mariela. Su contextura es inversamente proporcional a su proyección escénica: como un farol en la noche, al que los bichos de nuestra atención persiguen hacia donde sea que vaya. Dínamo de picardía, le agrega pimienta al parlamento y nafta al fuego de la rebeldía. Años después, con mucho pudor la convoqué junto a otras mujeres para un proyecto teatral. Ella, con la humildad que caracteriza a los artistas de mi pueblo, aceptó, a pesar de que aquella era mi primera experiencia y que la propuesta consistía en un auténtico salto de fe: no sabíamos hacia dónde íbamos, pero confiábamos en lo que teníamos para contar. Juntas, atravesamos un proceso tan intenso como revelador: abrimos las cajas negras de la violencia. Gestamos, parimos, la obra tuvo gran recepción del público, pero al poco tiempo, la pandemia irrumpió y puso en pausa la actividad teatral.

En 2021, tiempos de burbujas y barbijos, en plena incertidumbre y escasez de funciones, Mariela nos sugirió ofrecer una función en la sala Casa Teatro, del grupo Clandestino teatro, ubicada en el barrio periférico morenense de Trujui. 

— Pero tengo que aclararles algo con respecto al espacio: no es una sala cualquiera; de día, es una iglesia y de noche se transforma en una sala de teatro para personas con discapacidad —  nos advirtió Mariela. El grupo no demoró en expresar su resistencia, algunos influidos por experiencias nefastas vividas en escuelas católicas, otros por profesar un marcado ateísmo de izquierda. Después de una breve discusión, persuadidos por las palabras de Mariela, quien aseguraba que valía la pena conocer ese espacio, y la verdad sea dicha, porque estábamos hambrientos de funciones, decidimos aceptar.

Quienes llevaban adelante el proyecto, quiero decir, quienes le ponían el cuerpo y alma a semejante tarea, eran Flaviana y Adrián, un matrimonio al que la tragedia golpeó . Y no uso la palabra tragedia a la ligera: les tocó atravesar el dolor más grande, aquel temor atávico que resulta tan inconcebible, que no tiene nombre. Vaya piedra les toca cargar, y sin embargo, eligieron construir sobre los escombros de su vida derrumbada, un teatro, una casa.

Cuando llegó el día, apenas llegamos, nos recibió con una sonrisa Flaviana. En la sala, acomodando tachos y acondicionando el escenario, estaban unos muchachos muy alegres, que no escatimaron en abrazos y bromas apenas entramos. Nos ofrecieron merienda, y recuerdo que me llamó la atención cómo podían hacer bromas acerca de su “condición”. Hay personas con rejas, muros, zaguanes: estos seres eran todo sala. Apenas entrabas en contacto con ellos, sin mediación, te hacían sentir una frescura y una cercanía muy parecidas a la sensación de hogar. Flaviana y Adrián, los referentes del espacio, lejos de subestimarlos ni se los sargentearlos, los trataban con calidez y humor, con mucha naturalidad. Sin subrayar ni sobreactuar nada.  

Yo, que soy una minusválida afectiva que solo sabe interpretar, que escribe porque no sabe gritar, que oculta su corazón en el caparazón de su intelecto, cuando los vi interactuar comencé a preguntarme seriamente quién estaba realmente discapacitada.

Cuando la función terminó, y se apagaron los cálidos aplausos, una mujer tomó la palabra para contar que ella formaba parte del proyecto, que estaba muy agradecida, porque cuando huyó con lo puesto de la violencia de su casa, ahí le hicieron un lugar. Por aquella época, contó la mujer, me vi sin nada, me pregunté qué iba a ser de mí. En un momento me puse a juntar botellas, las adornaba, y cuando dejaba a los chicos en la escuela salía casa por casa a venderlas. Una vez toqué esta puerta, y me invitaron a pasar. Me hicieron un lugar, empecé a participar en las actividades y me hice parte de la congregación. Aquel día que Flaviana abrió la puerta, mi vida cambió para siempre. Por eso me gusta venir a colaborar cuando hacen funciones, porque pienso que quizá puedo yo devolverle a otro, el favor que ellos me hicieron aquella vez.

En ese instante, sentí cómo se desprendió, como una cáscara, la idea (el prejuicio) con el que yo había llegado a esa sala.

Comprendí que quizá de eso se trata la fe  (más allá de la forma que tome): en la capacidad de volverse casa del que se quedó sin casa, ofrecer una lumbre al que se quedó a oscuras, poner paños y no juicios, a esa parte desvalida cuando más lo necesita.  

Creo que ellos no lo saben, pero ese día, a mí me creció una casa dentro.

En ella me refugio cuando se me viene la noche encima. Cada vez que me siento abandonada a la suerte en la cueva de mi herida más profunda (de que aún supura, y que también espanta), recuerdo las palabras de aquella mujer, los gestos de aquellos muchachos, la integridad de aquel matrimonio. 

Aquella vez, en el fondo, enterré a varios de mis egos: al que se creía que le había tocado la peor de las suertes, al que se mofaba de las formas ajenas de la fe que no llegaba a comprender, al que creía que su sufrimiento le otorgaba el permiso de atropellar a los demás con consejos e interpretaciones que nadie había solicitado. 

Filoctetes y el  Lobo

En la mitología griega, Filoctetes era un arquero que ayudó a encender la pira funeraria de Heracles, recibiendo como recompensa su arco infalible y sus flechas con sangre de la Hidra. Pero durante una parada rumbo a Troya, fue mordido en el pie por una serpiente. La herida jamás cerraba, despedía un hedor insoportable y sus gritos de dolor interrumpían los rituales, por lo que Ulises y los jefes griegos lo abandonaron en una isla durante diez años.

Todos tenemos una parte, un ego que como Filoctetes fue herido injustamente, que sufrió, que se sintió abandonado y solo en su dolor. 

El discurso fascista, que no tiene un pelo de tonto, le habla a esa parte resentida, a la oculta, a la de la cueva. De a poco va alimentando la idea de que destruyendo al otro se va a reparar lo propio. Una praxis se instala, porque primero hay un discurso que lo habilita. Los modelos autoritarios y represivos se sostienen en el “enano tirano” que en cada uno de nosotros habita como posibilidad. 

En la actualidad, lo hace a través de las nuevas herramientas de control social : las redes sociales. Debajo de su piel de cordero inofensiva, hay un lobo que se alimenta de nuestras inseguridades. Nos vuelven perezosos, vanidosos y policías de lo ajeno, lo cual no sería tan grave (siempre lo hemos sido en mayor o menor medida). El peligro de las redes sociales es que fomentan y naturalizan prácticas crueles, como el verdugueo, el poronguero,  la canchereada, el linchamiento, la opinología, todo bajo el cobarde velo del anonimato. Agrupa nichos de discursos endogámicos dándose la razón, y anulando (bloqueando) a quien piensa distinto. 

Dicho en criollo, alimentan al lobo. 

La payasada como antídoto 

Por eso considero que las prácticas populares y colectivas del arte en general (las que no han sido cooptadas por las lógicas del mercado) y la payasada en particular, representan un ejercicio concreto de resistencia  anti fascista. A saber: 

  1. Por cómo opera en nosotros el trabajo sensible en el derrumbe de nuestros prejuicios, es decir, la idea previa que nos hacemos de algo o alguien. 
  1.  Porque está en las antípodas de la idea supremacista de lo puro y lo homogéneo: en una escena, en una composición, en una biblioteca, la diversidad lejos de ser un estorbo, es una reliquia.  Constantemente estamos invitados a ir hacia lo distinto, a lo que lejos de anularnos, nos complementa y enriquece. 
  1. Porque promueve la exploración y asunción de la propia singularidad, la cual no busca aislarse, sino sumar desde lo auténtico en convivencia con los demás (en contraposición con la cultura individualista de la fragmentación identitaria).
  1. Porque tanto la payasada, como la poesía, el juego nos enseñan a espejarnos, a restarnos importancia.  A recordar que nuestro dolor es cosa seria, pero que no es para tanto. Nos invita a dejar de ocultar esa parte débil, fallada y ponerla al servicio de los demás.

En palabras de Claudia Masin “nos otorga una segunda vida, y en esa segunda vida, lo dañado es una joya”. 

De hecho, esa es la pregunta fundante de cualquier maestro cuando damos nuestros primeros pasos:

¿Qué vas a hacer con tu herida, que es como decir, qué vas a hacer con tu don? 

¿Qué vas a hacer con lo que devino en piedra en tu vida? ¿Vas a regodearte en tu herida aislándote en la cueva, o vas a bañar en ella la flecha que ayude a vencer los males que agobian a tu gente?

El pájaro y la piedra

 Dice Victoria Chang: En tu cuerpo hay un pájaro y una piedra. Tu tarea consiste en no matar el pájaro con la piedra.

¿Qué nos hace seguir cuando todo parece perdido? ¿De dónde se saca la voluntad para jugar un partido que ya sospechamos arreglado en nuestra contra? ¿Qué invisible imán vuelve a juntar nuestras partes rotas cuando el misil de la desgracia impacta en el centro gravitatorio de nuestras vidas? ¿Qué nos hace ponernos nuevamente de pie? ¿De dónde sacamos la fuerza?

Yo no lo sé. No lo sé,  pero intuyo que estoy mucho más cerca de la respuesta cuando veo improvisar a los niños, o cuando oigo cómo le craquea la voz a mis compañeras al leer un poema, o cuando al abrir un libro las palabras de un desconocido me atraviesan como un rayo, o cuando los payasos me rescatan de la normalidad con sus delirios, que cuando los “adultos correctos” sacan a relucir su batería de mapas, medallas y diplomas. 

Sin ir más lejos, más bien acá nomás, en tiempos de parálisis y fragmentación, de autoritarismo y crueldad naturalizada, en una verdadera gesta heroica, la compañía de payasos Western Union Clown ofrece una vez al mes un capítulo nuevo de la saga “Otra de tiros”, donde los roles se organizan en función de la historia, donde la escena (el juego, lo común) es más importante que lo individual. En sus narices rojas, se ven reflejadas nuestras sombras. 

Ese rito mensual nos ayuda a recordar que nuestro país, se encuentra asediado por rufianes y que los monstruos han tomado el palacio, pero que también nuestra tierra, está repleta de gente así, como Flaviana, como Adrián, como Mariela, como Fredy, Mónica, Marcelo, Melina, Diego, Cecilia, que saben ser que casa de los que no tienen casa. 

Gente de mi tierra a los que nada les fue sencillo, y sin embargo, han puesto en marcha el tren payaso del oeste, al que está invitada toda la plebe, en su inmensidad, su complejidad y su contradicción.

Payasos de mi tierra:  seres amigados con su parte débil, quienes saben sacar brillo a su lado oscuro.  Díscolos y alocados, alérgicos a lo perfecto, lo puro y correcto.

Atención: perdidos, olvidados, extraviados y errantes. Caídos del catre, a los que nada les salió como lo planeaban, a los que se volaron los patos, los que nos quedamos sin casa: pueden venir cuantos quieran, que serán tratados bien. Los que se quedaron en el camino. Bienvenidos al tren. 

Bienvenidos al tren

Dicen que el último tren de la noche humana está por partir. Dicen que nos llevará inexorablemente, a la boca abismal del lobo. Dicen que nos toca vivir nada más y nada menos, que el fin de los tiempos. 

Si es así, sepan que la campana final me encontrará en el último vagón.  Aquel que de tan repleto, va muy lento.

En compañía de los locos, de los parias, de los payasos de mi tierra, esos que saben ser casa de los que se quedaron sin casa, en cuya mesa siempre hay lugar para uno más. 

Los que no piden currículum ni antecedentes antes de prestarte fuego o tenderte una mano. 

En este vagón, haremos de cada tropezón un gag, de cada error un acierto, de cada falla, un don. Brindaremos e intercambiaremos vestuarios y roles hasta olvidar quiénes éramos antes de partir. La orquesta alzará el volumen y echaremos leña a la hoguera, hasta arder al titilar de las estrellas. 

Enterraremos nuestros egos a carcajadas, honraremos el último tejido vivo sintiéndolo todo, como quien mira al mundo por primera vez, entregados al juego, manteniéndolo prendido  como si cada minuto fuera el último.

Y si  después del impacto, llegamos a destino, cuando vuelva a amanecer y la paloma sobrevuele piedra sobre piedra con el ramo de olivo buscando el último rastro de vida donde apoyarlo, pido que lo haga sobre la nariz roja de los payasos de mi tierra, porque ellos sabrán usar las piedras para levantar refugios, para dibujar nombres, para hacer malabares, para frotarlas y encender el fuego, pero nunca jamás, como un arma.