Tal vez, en algún recodo del camino, la extravió. No fue un tránsito sencillo, todos lo conocemos. De pibe, déficit de la hormona del crecimiento, dejar su barrio y sus amigos, la muerte de su abuela, viajar al exterior, probarse en el mejor club de Europa, debutar, triunfar, ganar títulos y batir récords, sumar presión, vender productos, ser la cara del éxito y de la ilusión, elegir jugar con la selección argentina, bancar las difíciles, perder finales (y jugarlas), pero también ganarla, asumir cada vez más presión, buscar un escape, bajonearse, no encontrar el rumbo, no entender el contexto, escuchar voces, perderse, sonreír, responder, y volver al lugar elegido.
Perderla, en algún recodo del camino. A ella, a la pelota. No querer ni acercarse a ella, mantenerse lejos, a salvo de tanto ruido, de tanto nefasto cuestionando caras, gestos, actitudes corporales, tanto ignorante que nunca en su vida pateó un tiro libre decisivo, que nunca supo lo que se siente defraudar a los que más querés, a tus compañeros. Tal vez sólo se trate de volver a juntarse con ella como antes, como cuando era un pibito en Rosario y la pelota era una extensión de su pie zurdo. Y quizá era arrancar desde ahí, desde recuperar el amor por la pelota, desde sentirse, otra vez, un pibe con ganas de divertirse, de pedirlas todas, de encarar siempre, de tocar con los amigos… Tal vez sea tan sencillo como eso. Y lo demás, no importa nada. Salí Leo, jugá, encará, no escuches a la gilada que solo te festeja cuando ganamos… levantá esa copa de nuevo como en Qatar, con la sonrisa de los pibes en la esquina. Y en una de esas en diciembre levantes la que tanto soñás y soñamos. Porque ahí, y siempre, estás vos y la pelota… Ustedes se conocen, sigan queriéndose, como siempre.

