Un pueblo que celebra la irreverencia

Ni la miseria del fuego amigo ni el ensañamiento esperable del enemigo pudieron con el coraje de un equipo al que nunca le quedó grande el sayo de la representación. 

Por Pamela Terlizzi Prina

La épica no es otra cosa que la acumulación de obstáculos superados, la construcción que crece en la narrativa, y esta selección supo contar una historia: la nuestra, la de un pueblo que aprendió todo menos a rendirse.

Pobres los poderosos que esperan de nosotros la docilidad, la obsecuencia, la reverencia ante la autoridad. Pobres los que aguardan, agazapados, que una derrota nos extinga la alegría de saber que estamos hechos de hidalguía. Pobres los que especulan con nuestra vergüenza y se ilusionan con vernos traicionar la fe en quienes nos llenan de orgullo.

Llevamos en el ADN la gloria que deviene del intento inagotable, el hambre de victoria de quien supo de carencias, la tenacidad de quien cree en las reivindicaciones, la poesía de quien confía en las conquistas simbólicas.

Me quedo con la epopeya de haber puesto a Las Malvinas en la agenda mundial, con la rebeldía de Licha y Cuti mezquinándole la mano a Trump, con las alegrías eternas que Lío nos permite atesorar, con las piernas cansadas y valientes de Taglia. Me quedo con el amor.

Porque los pueblos que celebran la irreverencia no conocen la derrota.

Editorial Sudestada