Origen y furia. La escritura de este manifiesto nace desde mi propia memoria travesti, pero también desde la memoria colectiva de tantas compañeras que ya no están. Escribo desde el dolor, desde la rabia y desde la necesidad política de dejar registro de nuestras luchas. Hoy, a diez años de aquella primera gesta, disputar la historia se vuelve vital. La Primera Marcha Nacional contra los Travesticidios, realizada el 28 de junio de 2016, no surgió de la nada ni fue una reacción espontánea, fue el resultado de años de exclusión, persecución y abandono estatal. Fue la respuesta genuina de un colectivo históricamente expulsado que decidió transformar la tristeza en organización.
Por Florencia Guimaraes
El origen de esa gesta no nació en una oficina de la Ciudad, nació en el barro del territorio matancero. En abril de 2016, estábamos reunidas militantes comunistas de La Matanza, profundamente golpeadas por la partida física de Lohana Berkins y por el brutal asesinato de Diana Sacayán. Nos atravesaba un vacío enorme. Esa marcha fue, ante todo, un pedido antes de morir de la mismísima Berkins, un mandato político que nos dejó a quienes éramos sus compañeras. No podíamos quedarnos de brazos cruzados. Teníamos que salir a la calle con un objetivo claro y urgente, visibilizar el travesticidio de nuestra compañera Diana e instalar de una vez por todas en la sociedad la figura de travesticidio. La
marcha nació de las travas, fue parida en el territorio, no es propiedad de ninguna estructura que hoy pretenda despolitizarla.
Lohana y Diana nos enseñaron que nuestras identidades se defienden desde el orgullo político. Al plantar la bandera del travesticidio social y político, le pusimos nombre al entramado que nos condena, entender que a nuestras compañeras y compañeres no solo les asesinan con balas o puñaladas, sino también mediante la exclusión sistemática de la salud, del trabajo, de la educación y de la vivienda. Contar este origen real es fundamental para frenar el pinkwashing y el oportunismo de quienes pretenden lavarle la cara a las instituciones o utilizar nuestros cuerpos para sus propias agendas.
Nuestras travas no mueren por casualidad. Por eso, a una década de salir a la calle por primera vez, seguimos proclamando con furia y exigiendo justicia por Tehuel de la Torre, desaparecido por ir a buscar laburo, por Sofía Fernández, asesinada bajo custodia policial en una comisaría bonaerense, y por todas las compañeras que mueren en las cárceles, hacinadas y condenadas al exterminio por el abandono sistemático del servicio penitenciario y el poder judicial. El calabozo y la desidia médica también son travesticidio social.
Este sistema encuentra hoy su expresión más feroz, violenta y descarnada en el gobierno de Javier Milei. Hay que decirlo con total claridad, sin eufemismos, Milei y su gobierno nos odian, nos detestan, les damos asco. Lo que estamos viviendo las personas travestis y trans en la Argentina de este 2026 no es desidia estatal, es una persecución ideológica impulsada por el desprecio absoluto a nuestras vidas. Si fuera por ellos, nos exterminarían de un día para el otro. El desguace de los programas de acompañamiento, el ahogo a los comedores comunitarios, el vaciamiento del Cupo Laboral Travesti-Trans y el discurso oficial cargado de una violencia visceral no son decisiones administrativas, son las herramientas que usan para empujarnos, otra vez, a la clandestinidad y a la muerte.
Escribir nuestra propia historia es nuestra forma de reparación frente a tantos años de silenciamiento. Aquella noche de 2016, las calles se llenaron de memoria, dignidad y rabia organizada porque supimos cumplir con el mandato de Lohana y la memoria de Diana. Diez años después, esa rabia nacida en la intimidad de una charla entre compañeras en La Matanza sigue siendo el combustible necesario para seguir resistiendo, organizadas y en la calle, contra quienes pretenden borrarnos de la historia.

