Los diccionarios dicen que la vigilia es el acto de estar despierto. Con los ojos y el corazón bien abiertos, la tribu de mi calle inició un sendero que horas después sería interminable. Así arrancó la despedida a Indio la noche anterior en Villa Domínico, Avellaneda. Almas despiertas, como bombas pequeñitas, se fueron juntando alrededor del fuego para esperar que las puertas de la Misa final fueran abiertas. A las 11 de la mañana se abrió el camino, al altar donde llegaríamos un poco más de un millón de personas en un tiempo récord e histórico.
Por Natalia Bericat
Los primeros empezaron a transitar el camino. Con pies cansados y gargantas ardientes la peregrinación por el Mister comenzaba a media mañana con una fila que llegaba a Puente Pueyrredón. Ese público respetable, al que Solari nos cantó durante toda su carrera, estaba dispuesto a cumplir las normas ricoteras: juntos en una sola fiesta, en una misma hermandad que no le de qué hablar a los miserables del poder. De este lado de la mecha, una horda de almas en pena estábamos reunidas para despedir a la persona que nos cambió la vida para siempre.
Todas las generaciones juntas caminaban a la par, en un mismo tranco que se mezclaba entre llanto, risas y rockanroles. Abrazos a desconocidos, miradas cómplices y un mismo genio amor que nos atravesaba ese domingo gris de junio. Manadas de personas, con parlantes y trapos en los hombros, bajaban en la Estación de Sarandí para unirse al rito sagrado. La eufórica calma, y una vez más el oxímoron de Solari haciéndose carne en lo cotidiano, nos recordaba que estábamos ahí por lo mismo: para devolver un poco de ese amor que supimos recibir de quien le puso poesía y rebeldía a nuestra identidad nacional.
El frío, la lluvia, el hambre y ese olor a encuentro, fueron la atmósfera que rodeaba esa fila de 90 cuadras. Puestitos de todo tipo formaban parte de la futura liturgia ricotera donde cada uno se llevaba una estampita o un suvenir de ese día histórico para guardar en su memoria para siempre. Paraguas, cartones o cualquier cosa que nos cubra de la tormenta que el cielo lanzó como una manera de anunciarnos que sin mística no somos nada.
“Seguir cantando”, nos adelantó Indio cuando anticipaba este domingo de duelo. Ya teníamos fecha y lugar, solo nos quedaba seguir los pasos de este camino dantesco hacia el paraíso que nos prometieron. Y eso hicimos: cantamos, gritamos y bailamos recordando quiénes somos y esos temas que nos acompañaron siempre. Catorce horas de caminata (con los bomberos de guardianes) en una peregrinación que sirvió para pasar por todos los estados de ánimos posibles, esos que no vamos a permitir que sean secuestrados por los miserables del odio. Protegimos nuestro aliento en una misa colectiva, histórica y de amor que nos acompañará en el recuerdo hasta el día final.
El final fue el comienzo. Sentimos que en esa despedida, donde pudimos encontrarnos de frente con Indio y su familia, dio origen a algo nuevo, a algo a punto de nacer, a un acto de resurrección en cada uno y en cada una que salíamos por esa puerta un poco más rotos de lo que entramos. Un naufragio más que nos encontró en el abrazo y en el amor por la poesía. Un instante donde entendemos que la eternidad existe y que nunca nos abandona.
Registro fotográfico: Agustina Rúa








































































