El combatiente y la travesti

No nos une el romance de las vidrieras ni la cursilería de manual. Nos une algo mucho más denso y real, la memoria del cuerpo.

Por Florencia Guimaraes

Él lleva en la piel el frío ensordecedor de las islas, ese que cala hasta los huesos y no se va con ninguna estufa. Alejandro es el estruendo de una guerra declarada por genocidas, pero sobre todo es el portador de una verdad que la historia oficial quiso camuflar. Es el soldado que enfrentó al imperio y, al regreso, tuvo que combatir contra el olvido de una sociedad que le dio la espalda. Su cuerpo es el mapa de una patria que mandó a sus hijos a morir para salvar una dictadura en agonía, él es el combate que nunca termina, porque la posguerra, con su indiferencia, resultó ser una trinchera mucho más cruel y solitaria.

Yo llevo en el cuerpo las marcas de la noche, la exclusión y el asfalto. Como travesti, mi guerra no tuvo uniforme pero sí tuvo enemigos, un sistema que nos empuja a la prostitución como único destino y que pretende que nuestra existencia sea breve y olvidable. Las travas somos combatientes que hemos sobrevivido a las razzias y al desprecio, resistiendo en un frente diseñado para que no lleguemos a envejecer.

Hace 25 años que nuestras trayectorias de dolor se cruzaron. No fue un flechazo, fue un reconocimiento de trincheras. En el refugio de nuestra casa no hay jerarquías de sufrimiento, hay un pacto de honor entre sobrevivientes.