“El alma no come vidrio”: abordar la Salud Mental

Un “manicomio”, “asilo”, “loquerío”, “hospicio”, “una guardería de locos”. Una médica psiquiatra, desahuciada y agotada por la violencia, el hambre y el olvido que sufren los internos que permanecen encerrados, decide pedir ayuda a una poeta. Las dos emprenderán un viaje hacia las profundidades de esos seres que entre la locura y la poesía nos mantendrán en vigilia entre sueño y realidad. Vicente Zito Lema nos lleva de las narices a espiar ese mundo donde el esperpento y el gesto sutil conviven de manera única. “No sé si la semilla que planto será el árbol que me dará sombra… Tampoco sé si la paz de mi alma, que tanto busco, mostrará al fin, algo más, que la huella de un delirio”, dice la sinopsis de “El alma no come vidrio” esta obra que se presentará en los próximos días en la Costa Atlántica. En diálogo con Sudestada, charlamos con su directora Daniela Katz y parte de su elenco.

Por Natalia Bericat

El primer desafío que surge a la vista cuando vemos la obra es la cantidad de personajes en escena. ¿Cómo fue hilar ese trabajo colectivo?
Directora: El trabajo en escena, con tantos personajes siempre haciendo algo, se realizó en ensayos donde teníamos que estar todos. El gran desafío de este tipo de trabajos, tan colectivos, es encontrar los espacios, los momentos, los lugares para estar todos juntos y para poder trabajar físicamente, para ver qué le está faltando a uno y qué puede completar el otro. Es un trabajo que se va haciendo mucho de ver. Si uno de los personajes anda más rastrero o anda más por el piso, vemos que otro lo complementa más en los niveles medios y otro lo complementa en las alturas. Siempre tuvimos la posibilidad de estar todos juntos ensayando para que se pueda ver y plasmar en escena eso. Un poco como juego de niños de llenar el espacio que el otro deja.

Cristian: El principal desafío es justamente ese. Somos un elenco de muchas personas que estamos todo el tiempo en escena durante la obra y eso implica que en los ensayos tengamos que estar todos juntos. No nos sirve ensayar por separado y la obra se va creando en conocer al otro, en saber cómo se mueve, dónde se mueve y porque qué. Si alguien está en el piso el otro tiene que estar más parado o sea estar en distintos niveles. Todo lo coral de la obra es una de las cosas más potentes que tiene. Eso implica estar todos juntos en el armado de la obra y en estos tiempos difíciles, sobre todo para el teatro alternativo eso implica mucho esfuerzo de cada uno de nosotros. Poner la obra como prioridad para por ahí dejar cosas laborales, personales y entonces el principal desafío fue ese.

En relación a esas voces que conviven en el escenario podemos pensar en la obra desde una estructura de orquesta donde la poesía, la música y la imagen se conjugan. ¿Cómo se logra eso?
Directora: Podemos pensarlo desde una orquesta, podemos pensarlo desde una coralidad, podemos pensarlo desde una pintura. Sí, lo podemos pensar así, porque todo el trabajo tuvo que ver mucho con eso, con la coralidad, con ver qué estaba pasando conjuntamente. Mientras pasa la poesía, pasa la imagen, pasa la música. ¿Y cómo se logra eso? Con muchísimas horas de trabajo, de ensayo, y con un texto como el de Vicente Zito Lema, que es un texto que tiene todo el color de la poesía y toda la versatilidad y la volatilidad y la pureza de la poesía mezclado con todo lo visceral, con todo lo cruel y con todo el dolor humano.

Lola: Soy Lola Rateno y esta orquesta que mencionás se logra también poniendo a disposición los distintos recursos que cada uno como actores y actrices, que formamos parte del elenco, pone a disposición. Somos un elenco súper diverso y venimos de distintos mundos y de distintas formaciones. Hay un montón de formación musical que la pusimos a disposición en la obra y creo que eso se hace notar y por eso se logra esta especie de orquesta.

 La obra es un viaje que se espeja en los espectadores. Vamos juntxs por un camino que, me parece, se une en la mirada de la psiquiatra y la poeta ¿Cómo pensaron esa conexión?
Directora: La conexión de la poeta y de la psiquiatra están unidas. Hay una gran necesidad. Es muy hermoso, porque la médica le pide algo de la belleza de su poesía. Como que no puede no seguir estando en ese lugar, en ese hospicio, en ese loquero. No puede ver más allá de lo que es el dolor, la crueldad. Como ella dice, “las babas, los gritos de los internos. Y la poeta lo que hace es hacerle una gran invitación a ver la la belleza de eso, o cómo en un segundo eso puede tener algo, puede tener un lugar de lo bello. Algo que tiene mucho que ver con lo monstruoso también. Cuando uno pasa por un lugar donde hay un accidente, uno no puede dejar de mirar. Y en realidad lo que se dice muchas veces es que lo que uno mira es el morbo verlo. Pero además hay como en un espejo, reconocer que uno no está ahí y que podría haber estado. Uno está en otro auto, por ejemplo, un accidente de autos, le está pasando por al lado de los ojos, y eso que ve es cerciorarse de que no soy yo, de que no me está pasando a mí. Y me parece que un poco pasa eso con la poeta, la psiquiatra, y un poco pasa con la obra y el espectador.
Yo creo que los espectadores mirando “El alma no come vidrio”, lo que tienen es un grado de aceptación y de alivio de no estar ahí, de no estar ahí adentro, de no estar encerrados. Es un miedo muy grande el que produce saber que la cabeza se puede volar en cualquier momento.

La poesía de Vicente siempre conecta con la belleza a pesar de las dolencias que vemos en los personajes ¿En qué les parece que suma en este contexto donde es tan importante hablar de Salud Mental?
Directora: La poesía de Vicente conecta con la belleza, porque todo lo que tenga que ver con el sufrimiento, el dolor, conecta con la belleza. En algún punto, el nacimiento de un bebé es tan bello, pero a la vez es tan doloroso porque uno sabe que ese bebé que nació en algún momento va a morir, que es lo que nos pasa a todos. En el momento en que nacemos ya sabemos que algo se va a terminar. Creo que en este momento hablar de la salud mental, sea cual fuera en cómo lo hablamos, creo que desde la música, desde la pintura, desde la poesía, desde el teatro, desde el cine, desde cualquier lado, me parece que es muy necesario, y creo que vuelve con una vigencia el texto de Vicente Zito Lema, una vigencia y una profundidad. Es un gran anhelo de poder encontrar realmente cuál es la verdadera sanidad. Estamos siendo, en algún punto, hasta gobernados por gente de dudosa sanidad mental en el mundo. Es importantísimo hablar, en este momento, de salud mental y de quiénes están encerrados, quiénes deben estar encerrados y quiénes están libres y deberían estar encerrados.

Gabriela Almaraz: La poesía de Vicente Zito Lema expresa en estos textos a través de la belleza. Nos termina influenciando en cada personaje y transformándolo en acciones, lo que nos lleva es a mostrar todas esas dolencias, transformándolas en esa empatía con el público. Y también abriéndole las puertas a ellos y a los que no tuvieron nunca la posibilidad de poder concientizarse en todos estos sentidos que les va pasando a estas personas a través de sus propias realidades. De los encierros y los sufrimientos. Cómo se transforma en esta obra y cómo se muestra es lo que trae una conciencia social importantísima en estos tiempos que lo necesitamos. A través de, más allá de las dolencias, transformándola en empatía y amor.

Lo gestual tiene una preponderancia en la puesta que visualiza un laburo con el cuerpo muy detallado. ¿Cómo se prepararon para eso?
Directora: nosotros venimos trabajando desde el 2024 porque esto surge de un entrenamiento, de una cruzada donde se trabaja específicamente el cuerpo, el cuerpo en su extremo, el cuerpo exacerbado, el cuerpo exacerbado con la verdad de esa exacerbación. Inclusive hay muchísimos ejercicios que fuimos haciendo para poder lograr esa exacerbación. Después, cuando agarramos el material de Vicente para poder trabajar y agarramos el alma y agarramos la locura y empezamos a investigar y empezamos a ver, tuvimos la suerte de poder ir a investigar al Moyano, que es un Hospital psiquiátrico en Capital Federal. A partir de esas visitas que pudimos hacer y que pudimos ver y pudimos concretar encuentros y charlas y demás, empezamos a ver que esos movimientos casi involuntarios tienen un paraqué, tienen una forma, tienen un circuito, una caminata de alguien que va y viene, que entra a cada habitación o sale o nos perseguía o nos seguía por los jardines del hospital. Tiene una acción concreta de para qué estoy haciendo esto, para qué los estoy siguiendo, para qué los miro, para qué les pregunto.

Fue un trabajo muy arduo de investigación, de trabajo de sectores del cuerpo, de partes del cuerpo, de trabajo por piezas, como digo yo: tomar un codo, un hombro, una cadera, una rodilla y empezar a surgir ese motorcito desde ahí. Ligar una conducta a un sonido y a un texto. Se genera un trabajo de una creación, de personaje súper exaltado, súper exacerbado, pero con muchísima verdad.

Lelia Zylberberg: Nos preparamos para el proceso de esta obra y de estos personajes, para la construcción, en base a varias cosas. En principio, hubo un laburo muy grande desde lo físico. Nosotros estuvimos entrenando mucho el apostar desde el cuerpo, el probar distintos puntos motores, el deformar un poco el gesto, la corporalidad, agarrar y exacerbar un poco.  También pudimos hacer algunas investigaciones de campo en el Hospital Moyano, y allí pudimos como observar distintos comportamientos, distintas conductas, distintas fijaciones que nos ayudaron mucho a comprender los universos posibles de cada personaje. A partir de eso empezamos a diseñar, en base un poco a nuestro deseo y en base un poco a nuestra interpretación de cada personajito, distintas conductas, distintas formas de desenvolverse, de caminar, de estas distintas fijaciones que le fue dando sentido a cada personaje en particular. Eso fue generando un poco la grupalidad de la coralidad en los cuerpos y en las imágenes.

Por último… nadie sale ileso de un texto de Vicente. ¿Qué les deja en lo individual y en lo colectivo estar haciendo “El alma no come vidrio”?
Directora: Creo que en lo individual y en lo colectivo lo que nos deja hacer “El alma no come vidrio” es el deseo de comunidad. De comunidad que no siempre es una comunidad entera, es una comunidad a veces rota, con partes rotas, pero que cuando se juntan es un gran rompecabezas y quedan perfectas las piezas ahí. Y creo que es eso lo que nos pasó a nosotros también. Un grupo de actores con una directora, con una asistente, con un grupo muy heterogéneo, muy distinto. Nos juntamos para hacer esta obra y esta obra nos aúna en nuestras falencias, en nuestras roturas, en nuestros dolores, en nuestros sufrimientos, en nuestros padecimientos, y me parece que es hermoso. A mí hay un texto de Vicente de Zito Lema, que me encanta. Es de uno de sus libros, y que es un poco lo que quisimos hacer con la obra. El texto dice así, “el grito estereotipado de un loco, donde la sociedad deposita el discurso de la locura, se valoriza más desde la dulzura de un canto que con un arsenal de estruendos y chillidos. Es que el grito en el grito es apenas silencio”. Es una belleza.

Lola Rateno: En lo personal la obra, desde que la comenzamos a hacer, se volvió una experiencia transformadora en el sentido de que la obra en sí no funciona individualmente, funciona cuando trabajamos en conjunto y de manera colectiva. A mí me transformó como actriz y como persona y fue algo que no pude dejar de buscar y pienso que se puede trasladar también al campo de la salud mental que muchas veces eso que nos saca de las dolencias, de los sufrimientos. Es el otro, es la compañía, es el trabajo con el otro, el tratamiento. Cosas que implican a otras personas y en eso reconocer que a veces el otro es lo que nos transforma y nos hace.

Dolores Aducci: esta obra en lo individual me enseñó a ponerme en el lugar de otra persona en la que quizás no estamos muy acostumbrados a pensar desde todo esto a través del cuerpo, a través del arte y buscar distintos aspectos de mi persona también que no tenía, que no había explorado y entrar en ese otro universo a través de eso, a través del arte.

Leila Zylberberg: en lo individual yo creo que esta obra me deja mucho de la potencia de la resistencia, de la lucha y el tratar de como evidenciar o ser voz de ciertas situaciones desde un lugar de verdad pleno, de luchar desde un lugar, de ponerse en el lugar de esta otra persona, como a veces pensamos que para luchar uno tiene que ponerse en una posición de luchador firme, fuerte, como los luchadores por los derechos humanos, por las revoluciones. Esta obra me enseñó que a veces el luchar es el poder ponerse en la piel de un interno y contar esa historia y contar esa historia con tanta verdad es una manera de resistencia. Es una manera de lucha, es una manera de ayudar, de ponerse en el lugar del otro y ayudar al otro a entender ese lugar con mucho amor, con mucho respeto y mucha empatía. Creo que en lo colectivo me enseñó mucho a confiar porque es una obra que el relato me lo completa el otro, como decían mis compañeros, el sentido me lo da el otro entonces hay que confiar para que eso suceda y confiar en que ese mensaje se va a decir y que ese mensaje va a llegar y creo que es lo que más me llevó también para la vida, la confianza que me enseñó todo esto.

Julia Seitren: Una obra de Zito te lleva a sumergirte en un mundo que uno como actor deja sus problemas por un rato. Deja su vida para encarnar un personaje, para sumergirse en la experiencia y a su vez es un rato en donde también los espectadores hacen eso. Es un poco como que se te va el tiempo y el espacio en la obra y en el mundo que nos invita Vicente a sumergirnos. Como actriz me dejó un antes y un después hacer la obra y nos lleva mucho el público también que es una experiencia realmente tan transformadora que fue un antes y un después en el sentido que te invita a reflexionar. Es muy relevante hablar de eso hoy en día sobre todo y para quedarte pensando y para empatizar con otros.

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