8M: NO COMEMOS FLORES

La feminización e infantilización de la pobreza viene de la mano de una violencia judicial funcional a los deudores alimentarios.

Carolina Fernández

Corte transversal: ¿Cómo vive los años de procesos judiciales una mujer que trabaja, protege y materna sola?
Las capas son fracturas expuestas en la rutina interminable de una madre moldeada a batallas que no buscó. Nadie quiere pasar años de su vida en litigio con el progenitor de sus hijos. Perdemos tiempo, plata, salud física y mental.
Maternar entre violencias es caminar esquivando granadas, pisando un campo minado.

No es solo el golpe. Lo evidente. Lo burdo. Lo que, en el mejor de los casos, despliega el dominó de alertas “ creíbles”.
Hay un puñado de violencias que tienen gusto a “merecidas”. La violencia económica es una de ellas. Y mata. Desmorona. Irrumpe con la fuerza de una bala en nuestra salud mental, erosiona todo terreno fértil hasta convertirlo en salitre.

El 60% de las mujeres jefas de hogar no recibimos cuota alimentaria o la misma es insuficiente. Muchas de nosotras hemos tenido que arrastrarnos en fueros penales en busca de justicia y protección para nuestros hijos. Pocas lo hemos conseguido. Sin embargo, en el juego de la oca en el que se transformó el sistema judicial, quienes se llenan los bolsillos por impartir mierda más que justicia, pretenden que nada tenga que ver con nada, e invitan, con una ironía desconcertante, a las madres devastadas, a volver a empezar.

Vamos de fuero en fuero explicando que ya no tenemos fuerzas, ni dinero para afrontar otro juicio y que solo buscamos lo que corresponde: el pago de la obligación alimentaria. Mientras tanto, el empobrecimiento que está agazapado en cada compra de supermercado, le gana la a la contienda a la triple jornada laboral más las tareas de cuidado.
Cansancio
Insomnio
Angustia
Cansancio.
Una de cada tres mujeres en argentina padece de depresión o trastornos de ansiedad.
Así funciona este sistema para matarnos.
No hay tiempo para controles médicos. No hay margen para atender la salud mental. No hay plata para remedios. No hay suficiente comida para todos los platos, entonces el nuestro queda salpicado por las sobras o vacío.

La creatividad a la hora de cuidar las palabras frente a las infancias se va agotando y el silencio lo habita todo.
No hay actividades extraescolares. Las mentiras piadosas hacen que las clases de arte o deporte desaparezcan de la rutina sin demasiada explicación.

Las preguntas se acumulan junto con la ropa en el canasto pegado al lavarropas esperando un hueco en alguna madrugada de insomnio y locura.
Las violencias tienen brazos ejecutores con tetas, con pene, con vagina. La indiferencia y el patriarcado se cuela por las rendijas de las paredes de los edificios judiciales. Entonces, las puertas se abren para rompernos un poco más.
Los hombres y mujeres de la justicia se transforman en los verdugos de las madres que reclamamos como podemos ese sentido común que tanto cuidan ellos para los suyos.
Nadie les toca el culo. A nosotras las que pedimos, lloramos y puteamos nos manosean con cuotas provisorias vergonzosas que no llegan a los 100 mil pesos, embadurnadas de violencia simbólica, para marear nomas.

Una de cada 5 niñas es abusada y uno de cada 13 niños es abusado sexualmente. El 80% de los abusos se produce en el contexto familiar.
¿Que pasa cuando la mujer madre trabajadora recibe el disparo certero del develamiento de abuso sexual por parte del progenitor?
Pasa una topadora que arrasa con todo lo construido y concebido. El mundo toma otra forma, otro ritmo y otro color. Sin embargo, hay que seguir trabajando, con el miedo al despido del trabajo precarizado respirando en la nuca.

La vida se vuelve un juego macabro de supervivencia y protección delirante.
Y esa madre con esa infancia se vuelven, indefectiblemente, pobres y tristes. Sobrevivientes del fondo de la olla con una única premisa válida y valiosa, que sostiene algo parecido a una esperanza en terapia intensiva:
Juntarnos.
Seguir.
Marchar.
Abrazar.
Respirar.
Resistir.
Sobrevivir.
Sin flores. Con la ilusión de una justicia con perspectiva de género e infancias.