Una carta a los varones cis que nos aman en las sombras. A todos los varones que consumen nuestras identidades travestis y trans entre cuatro paredes mientras sostienen una vida limpia afuera, les digo que su cobardía es violencia.
Este 14 de febrero el mundo se llena de fotos caretas y promesas públicas. Pero no nos engañamos, San Valentín es una fecha comercial y capitalista, una máquina de facturar un amor de vidriera que nos excluye. Para nosotras, este día no es más que el recordatorio de un derecho humano que nos amputaron, el derecho a un proyecto de vida a plena luz del día, sin pedir permiso ni perdón.
Ustedes, varones cis, practican un extractivismo afectivo, entran en nuestras casas buscando refugio, verdad y el deseo que no encuentran en su mundo de plástico, pero en cuanto cruzan la puerta de calle, nos vuelven invisibles.
Acá no hay amor, hay consumo, nos usan para explorar lo que no se animan a ser y nos pagan con el silencio de su vergüenza mientras el capitalismo les vende cajas de bombones para sus vidas normales, a nosotras nos tiran las sobras de su tiempo.
Esa vergüenza no es un mambo personal de ustedes, es el mecanismo político con el que nos roban nuestra categoría de compañeras y ciudadanas.
¿Por qué el mundo no puede saber que nos aman? No es por su familia ni por el qué dirán, es porque son cómplices de un pacto de varones que nos prefiere muertas o escondidas antes que integradas.
Quiero que esto quede claro, si sus deseos no tienen el coraje de caminar con nosotras de la mano por la calle, no nos están amando, solo se están sirviendo de nosotras como si fuéramos una mercancía descartable. Nos usan como un tacho de basura emocional para descargar sus crisis de masculinidad, pero nos niegan la existencia en su vida real, se aprovechan de nuestro cuidado para después descartarnos cuando el sol amanece.
La clandestinidad no es un refugio, es una celda. Y este San Valentín no aceptamos más flores que solo florecen de noche para no arruinarles el negocio de la decencia, nuestra identidad no es un fetiche ni un secreto para su morbo, es una realidad política que el mercado no puede comprar.
Ya no vamos a ser el secreto que protege su masculinidad frágil y cobarde. Nuestra furia es el sol que viene a quemar todas sus sombras.
Nuestros vínculos valen. Nuestro amor existe. Y si no es a plena luz, no es amor es el extractivismo más rancio disfrazado de romance.

