La tragedia de Ezeiza 73 es uno de los tantos disparadores de esta comedia metafísica en la que nada es lo que parece ni lo que dice ser. Las alusiones político-históricas orquestan un sin fin de identificaciones, invitando al espectador a reflexionar sobre el ser y el sentir lo nacional. Desde su estreno, en el año 2013 en El Camarín de las Musas, EDIPO EN EZEIZA tuvo un amplio reconocimiento de la crítica y el público y es objeto de estudio en carreras universitarias de grado y posgrado de artes, sociales y filosofía. Este verano, los domingos de enero, se presentará a las 21 hs, en el Teatro Tronador de Mar del Plata. En diálogo con Sudestada, conversamos con su director y el elenco de la obra.
Por Natalia Bericat
Van casi 13 años desde que esta obra se estrenó por primera vez. ¿Qué momentos de este largo camino señalarían como importantes para el crecimiento de este equipo?
Hugo Cardoso: Edipo en Ezeiza tuvo preestreno en diciembre de 2012, en el Estudio El Cuervo, la obra escrita y dirigida por Pompeyo Audivert, pensada para nosotros especialmente. La obra tuvo un comienzo donde fue muy bien recibida. Ese primer encuentro, que tuvimos con el público, sentimos que podía tener larga vida esta obra. Creo que el crecimiento fue a partir de realizar tantas funciones. Al principio dijimos: “bueno, hagamos una temporada”, y sorpresivamente la obra era muy bien recibida en diferentes salas. Comenzamos en El Camarín de las Musas y después fuimos circulando. Creo que la fortaleza que tiene la obra tiene que ver con la escritura, lo poetizante de esa escritura, de ese análisis histórico, poético, teatral; esa escritura de Pompeyo con esa dirección y apostando a un equipo que uno muchas veces no sabe si va a funcionar. De esta manera, funcionó inmediatamente. Creo que tiene una rareza, un crecimiento, porque no sé si en la historia del grupo teatral en Argentina podríamos pensar —habría que buscar mucho— dónde el mismo equipo sostenga 14 años, querer seguir haciéndola, seguir apostándola. Un crecimiento enorme en cada temporada, en cada función, de las actuaciones. La obra es muy desafiante, pero creo que pensar en lo colectivo, en la comunidad, hoy, en el momento histórico que vivimos, es muy potente. Que los mismos actores, las mismas direcciones, las mismas asistencias sigan firmes sosteniendo esta bandera tiene una fuerza de comunidad enorme.

El mito, lo universal que nos aporta el Edipo de Sófocles, hace espejo en nuestra historia nacional en un mito tan bisagra como fue el regreso de Perón a la Argentina. ¿Cómo se conjuga ese texto clásico con el hecho de Ezeiza?
Francisco Bertín: En el Edipo de Sófocles, la muerte del padre termina siendo una revelación, porque sucede la muerte y después la revelación del padre. En el ’73, en la vuelta de Perón, sucede un paralelismo, un diálogo directo, pero invertido. Sucede la vuelta del padre, pero ese padre es otro, y a partir de ahí se desata la muerte simbólica, se desata la tragedia nacional. Ese padre esperado por una sociedad compleja, heterogénea, compuesta por diferentes columnas y corrientes políticas, todas aunadas en un peronismo vasto, termina volviendo siendo otro, termina volviendo dislocado, generando la convulsión de toda esa comunidad patria que la espera. A partir de ahí, se desata la fractura, la muerte simbólica de ese padre, para desatar nuestra tragedia argentina, que van a ser los años venideros. Fue el punto de partida, el punto de encaje, como decimos en la obra, de lo que va a ser una geografía política absolutamente trastocada. Ese padre Perón que vuelve siendo otro, que se enmascara o se desenmascara, definitivamente (con su esencia real o no) termina generando una revelación en la recepción, en gran parte de la recepción de la comunidad nacional, de la sociedad, y termina generándose esa tragedia. En el Edipo de Sófocles esto sucede, pero primero sucede la muerte y después la revelación de que ese que murió era el padre. Acá sucede al revés: se espera al padre y se descubre que es otro. Un líder otro que insinúa un futuro horroroso y, a partir de ahí, la juventud política sin poder aceptar ese camino intenta virar el destino sin darse cuenta que la tragedia es irrevocable.
La ciudadanía argentina como héroe trágico. La sociedad invocando al Edipo legendario y un Perón padre que insinúa la traición.
La comedia, en este caso esta comedia metafísica que el propio Pompeyo define, choca con lo trágico, con zonas de mucha densidad y con dolores muy profundos que llevamos arraigados como sociedad. ¿Cómo se entretejen esos estados tan dispares en el cuerpo de los personajes en escena?
Francisco Bertín: Me parece que los estados en los que entran los personajes en la obra están absolutamente atravesados por la tragedia, a partir de preguntas muy existenciales y muy concretas: quiénes son, dónde están, quién es el otro. La desconfianza, la paranoia en la que entran, hacen que estén en un estado de alerta absoluto, y eso los vuelve personajes trágicos. Son seres absolutamente existenciales que están tratando de construir una historia de sí mismos que no conocen, una historia de sí mismos y una historia colectiva. Toda esta situación se desata a partir de la traición.
La traición, como en toda tragedia, o como en muchas tragedias, hace que se desate la pulsión vital, y es ahí donde está este proyecto de familia. Y, como suele pasar, por suerte, dentro de la tragedia, de lo trágico, habita la comedia. Ese absurdo de estar en estados y en situaciones tan extremas hace que la risa, la comedia y lo trágico afloren inevitablemente. Es interesante pensar a la una y a la otra en combinación y no como géneros separados. Entonces, a partir de ese estado de absurdo, ese estado trágico, ese estado extremo de pregunta, de interrogante, se desatan las risas.

Lo metateatral es un elemento que aparece en las obras de Pompeyo. Escribe mientras teoriza y mientras reflexiona sobre el arte de la dramaturgia. ¿Qué aporta este elemento en la formación actoral?
Francisco Bertín: La manera en que aborda Pompeyo los materiales se refleja en lo actoral de una manera muy fértil, porque hay un territorio infinito en la condición del actor tratando de preguntarse todo el tiempo quién es, qué rol está jugando, dónde está. Eso aparece en campos temáticos donde se hace referencia al fenómeno teatral como ritual primitivo generando un campo muy infinito, muy insondable, como un espiral que no termina, para que el propio actor esté permanentemente encarnando, apoyándose y atravesando todas esas oportunidades para actualizar y redescubrir lo teatral.
En ese sentido, me parece que es un campo infinito para el actor, porque en definitiva terminará navegando el océano de la actuación sobre una nave donde la teatralidad en sí misma y la dramaturgia se presentan de una manera muy genealógica a la hora de pensarse, porque van al origen, al origen de lo teatral, al origen del ritual. La actuación se apoya en una genealogía propia del arte, de la actuación y del ritual ancestral. Esto genera una amplificación, es un espacio donde uno se puede amplificar absolutamente, y eso es algo que se le agradece mucho a Pompeyo.
“Edipo en Ezeiza” parece haber sido escrita para cada contexto histórico en el que fue representada. ¿Qué les ocurre en este presente donde todo parece ser un gran simulacro de algo que no terminamos de definir? ¿Qué resuena en este presente donde vuelve la alegoría de un país roto y fragmentado?
Pompeyo Audivert: El teatro es una máquina sagrada que sondea identidad y pertenencia a una escala extracotidiana. El teatro es una máquina que sospecha sobre la realidad histórica, que la impugna como ficcional y que erige, para ello, un artificio de una intensidad, una potencia y una magnitud muy superior a la realidad histórica, y con ello también le señala a la realidad histórica la potencia y la patencia del artificio existencial teatral, que se vuelve más cierto, verdadero e intenso que la misma realidad histórica en la que está situado ese artificio. Para hacerlo, el teatro necesita utilizar temáticas históricas y ponerlas a funcionar dentro de su propia dinámica, que no es histórica.
Esa sería la gran estrategia artística del teatro: utilizar fragmentos de una realidad histórica y ponerlos a funcionar en una dinámica poética y metafísica que alude a otra naturaleza del ser y, con ello, producir esta impugnación de la que hablaba respecto de la realidad histórica como ficcional.
Nosotros hemos elegido —yo he elegido cuando escribí Edipo en Ezeiza— el tema Ezeiza ’73, el regreso de Perón a la Argentina, porque me pareció siempre que esa escena que se montó en los bosques de Ezeiza, muy a la griega en el sentido de unidad de tiempo, de espacio y de un acontecimiento trágico que en ese mismo día y en ese mismo espacio se estaba produciendo, es de algún modo, la piedra de toque de una caída, el punto de inflexión a partir del cual, como dice un personaje, “a partir de Ezeiza todo es caída”. Es un momento mitológico muy poético en el sentido de las múltiples versiones que anidan en ese acontecimiento. Hay miles de versiones respecto de lo que realmente estaba en juego allí, todas esas fuerzas políticas, históricas, sociales que pugnaban por recibir a Perón, por ser los que lo abrazaran, ese dios que viene del exilio en un avión, en el avión negro que finalmente no aterriza allí donde sus hijos, el pródigo y el abominable, lo estaban esperando.
Esa frustración que empieza en Ezeiza y que después signa todo el devenir histórico nacional me pareció que era un excelente tema para hacer andar esta sospecha que el teatro debe producir, para hacer andar la máquina teatral, para producir un artificio y un campo ficcional en torno a ese tema.
Entonces, me pareció que era muy atinado, en ese momento en que la escribí, que me producía mucha fascinación el tema: tomar Ezeiza ’73, como se ve en la obra, es un tema lateral, es una atmósfera; no es que se está hablando de política en la escena. En ese Chalet de Flores donde la familia se somete a feroces interrogatorios. Es una zona en la que están, que tiene su propia dinámica misteriosa y que ellos se sienten atrapados en esa dinámica. Por eso se interrogan, por eso tratan de saber de dónde vienen, quiénes son, quién es verdaderamente la madre, quién es verdaderamente el padre, el hijo, la hija.
Todos esos interrogantes que los abruman son también parte de los interrogantes teatrales. Me pareció interesante disfrazarlos del hecho histórico, de algo nuestro, para que todas esas preguntas, esas interrogaciones y esas dimensiones que abre la obra y abre el teatro se las hagan a partir de signos o envueltas en signos que son de nuestra historia, porque creo que se trata de eso: de que la teatralidad también se disfrace de asuntos históricos, pero de aquellos asuntos que tienen la magnitud poética necesaria para pertenecer a ese artificio teatral. Ezeiza ’73 es realmente una temática potentísima, como también lo es la figura de Rosas, y por eso hice El Farmer, o Trelew, 22 de agosto, por eso hicimos Operación Nocturna. Son temáticas míticas, históricas, nacionales, que sirven de avatar para la máquina teatral y todo lo que la máquina teatral estalla, todos estos asuntos vinculados a la identidad y a la pertenencia nuestra a una dimensión que presentimos yace detrás del espejo. Por eso pienso en el teatro como un piedrazo en el espejo.
El interrogatorio, la conversación, el diálogo son caminos que llevan a la búsqueda de la “verdad”. ¿Qué fuerza entra en juego en esa dinámica entre los personajes, donde todo es paranoia y desconfianza? ¿Cómo lograron esos tonos en el escenario?
Julieta Carrera: Justamente entra en juego cómo hacemos nosotros, los actores, las actrices, para meternos en esa verdad. También la actuación como un juego, donde a veces la palabra “juego” pareciera que no fuese verdadero, y justamente la verdad escénica es una verdad poética que comunica la escena y la esencia humana en su totalidad. Una verdad que tiene presencia, que tiene vulnerabilidad, donde aparecen distintos estados, y donde esos estados, a veces, en la obra, en Edipo en Ezeiza, están llevados al extremo. Y eso requiere un compromiso, requiere un compromiso actoral fuerte, donde también, como actores y actrices, creemos en eso que se dice, realmente lo sostenemos y lo jugamos en profundidad. Vivimos el momento. Hay una honestidad emocional y orgánica que se hace presente, una fuerza que se hace presente y que no es una copia de una realidad, sino una creación de una nueva vida, de una nueva realidad, de un nuevo presente.

Por último, y en relación con la recepción del público, ¿qué tipo de devoluciones reciben de esta obra? ¿Qué cosas creen que se movilizan en los espectadores?
Pompeyo Audivert: Las devoluciones del público están en sintonía con el propósito. Tienen que ver con una conmoción de naturaleza, yo diría, identitaria y también, en muchos sentidos, metafísica, porque se repite mucho “me voló la cabeza”, como si hubiera algo de un desorden, en términos de los esquemas de percepción de lo real, que se produce en el espectador, y eso, de algún modo, lo agradece el espectador. Eso lo estoy viendo muy seguido: gente muy conmovida y también emocionada, porque se trata de una conmoción identitaria vinculada a la sospecha existencial de la que hablaba recién, pero generada desde un nivel territorial, generada a través de los signos de nuestra pertenencia a un sistema histórico colectivo, que es inevitablemente el punto de partida de esa sospecha y las formas en que ella se manifiesta. Los signos a través de los cuales ese desbarajuste en la percepción de lo real se produce son los signos de nuestra identidad histórica. Cualquier ruptura de esa estabilidad en la percepción de esa versión ficcional en la que estamos atrapados, de algún modo se agradece. Creo que el público agradece poder romper sus versiones y entrar en una dinámica subversiva en términos de lo identitario.

FICHA ARTÍSTICA TÉCNICA
Dramaturgia: Pompeyo Audivert
Actores: Julieta Carrera, Hugo Cardozo, Francisco Bertín
Paisaje sonoro: Florencia González Rogani
Diseño de iluminación: Hugo Cardozo, Pompeyo Audivert
Escenografía: Ana Audivert
Fotografía: Michel Marcú / Paula Sánchez
Redes y diseño gráfico en redes: Verónica Costa
Prensa & Difusión: Daniel Franco
Asistencia de dirección: Verónica Costa
Dirección: Pompeyo Audivert
En venta a través de Ticketek en:
https://www.ticketek.com.ar/edipo-en-ezeiza/teatro-tronador

