A principios de los años noventa, Pity Álvarez dio forma a Viejas Locas en una Argentina mellada por la encrucijada de un neoliberalismo que ya no era un experimento, sino una realidad: una década de aparente prosperidad, consumo acelerado, privatizaciones, desempleo estructural y un proceso de desnacionalización económica que reconfiguró la vida cotidiana. En ese clima, el rock barrial —y Viejas Locas en particular— emergió como una de las expresiones culturales capaces de dar voz a los márgenes urbanos y rockear tensiones sociales que el relato dominante intentaba esconder bajo la alfombra de la opulencia capitalista, dicen las páginas de “Pity, la biografía” de Darío Pagano publicada por Editorial Sudestada. En diálogo con su autor, pudimos hablar sobre el proceso de escritura, su vínculo con Cristian “Pity” Álvarez y la atmósfera de época que se respira en este libro.
Por Natalia Bericat
La infancia siempre es un punto de anclaje, y vos arrancás por ahí. Su padre laburante, su familia, la letra de Homero y su propio nacimiento. “No encajaba” dijo la madre ¿Cómo leemos a partir de esta frase la biografía de Cristian Álvarez?
Sí. El anclaje de la infancia es el cimiento fundamental. Pity me dice algo en el prólogo que me marca, que es, “yo tuve una vida como la de cualquier chico”, una cosa así, “y cuando me mudé a Piedrabuena, empecé a jugar en la calle”, así, textual. Eso no se podía en cualquier barrio, porque era bastante despoblado, y eso nos permitió crecer muy libres. Ahí ya hay una declaración espectacular. El tipo se dio cuenta que la libertad, o crecer libre, respondía a la gramática de su barrio, y es cierto. Yo en mi barrio en el Abasto no podía jugar en la calle, tenía que jugar adentro de mi casa, o en la casa de un amiguito, y nunca me pude apropiar del barrio. Por lo que pude hablar con la gente que lo conoce, Pity siempre fue muy curioso, una persona que armaba su propio mundo. Como cuenta el Chorza, Juan Diego Incardona, que era compañero de la secundaria de él. Siempre le atrajo la psicodelia, los conceptos, Armaba en su cuarto una dimensión propia, semáforos, calaveras, señales de tránsito, hacía sonar por ahí un Walkman en un estéreo, en un parlante gigante.

“Mi hijo, tuvo que ir a cesárea, algo poco común, porque mi hijo no encajaba, estaba de costado”, dijo la madre. Sí, ese fue su derrotero, Pity nunca encajó, no encajó en la escuela. Lo expulsaron en cuarto año. No encajó en la música. Cuando Pity armó Viejas Locas, le decían, “mirá este que tiene voz de lata”, lo dejaban de lado. Después con Intoxicados, que “era un careta que se había pasado para el otro lado”, que ahora le gustaba el hip hop, y en realidad eso siempre fue parte del plan para Pity que siempre quiso. No le gustaba encasillarse, no le gustaba encajar. De hecho dice cosas que son maravillosas como cuando le pregunté “¿Qué se sintió telonear a los Rolling Stones?: “Me sentí bien, pero no fue la fecha más importante para mí”. Cuando para otros sería la jerarquía máxima que se puede alcanzar, para el tipo fue una fecha más. Y le creo porque el tipo es así, es un artista muy auténtico, muy desapegado de las estructuras, muy desapegado del mainstream, del qué dirán, “yo voy con mi proyecto y si no te gusta, bueno, yo voy a fondo con esto”, y me parece que eso lo define como artista.
En varias oportunidades, vos hablás de una bitácora, de una cartografía, de un camino. Ese camino que va y viene del barrio de Lugano y que tiene un lenguaje propio. ¿Cómo fue laburar con ese lenguaje?
Cuando empecé a laburar en el barrio de Lugano (alrededor del año 2012), laburaba en tres escuelas y esas tres escuelas respondían a diferentes órdenes. Eran tres Luganos diferentes. Conocí tres lugares distintos en uno. Conocí un barrio céntrico que podría, de alguna u otra manera, parecerse al mío (yo me crié en el barrio del Abasto). Después, un barrio que de un lado estabas en Capital y de otro lado estabas en Provincia (como en una frontera), y después en el seno de la villa 20, que respondía a otra organización, a otros códigos. Los pibes y las pibas a la noche, yo trabajaba a la noche y me acompañaban a la parada del 143. Me hacían tortas para mis cumpleaños… yo sentía como un agradecimiento ahí. Y esos códigos que yo veía en Lugano los había aprendido de alguna u otra manera en las canciones del Pity. Él me había pintado en sus letras un panorama de Lugano, sobre todo en la época de Intoxicados.
Pity es una persona muy jocosa para contar anécdotas en las canciones, Es una persona entre divertida y melancólica. Tiene tiene esos diferentes avatares ahí que constituyen su persona, y me acuerdo que yo siempre decía eso, el tipo me había cartografiado el barrio antes de que yo llegue ahí. Yo ya lo conocía. No lo había pisado nunca, no me sentí nunca un forastero. Y el el barrio ese tiene un lenguaje propio, No me pasó en otros barrios, y a la vez es gigante. Tiene ribetes diferentes, matices, cosa que en mi barrio no pasaba. En el abasto había una dinámica propia, un sentimiento propio, arrabalero, tanguero. En Lugano hay de todo. También tenés la Estación de tren, los parques, muchos monoblocks.
Él siempre habla muy orgulloso de su barrio Lugano. De hecho, él nunca se fue de ahí, siendo una persona con diferentes oportunidades, sobre todo económicas. El tipo decidió nunca irse de ahí, porque ahí tenía su usina etnográfica para construir su arte, sus canciones, su estética. Como dice la canción, “esto es Argentina, esto es Lugano”.
Sobre todo en el barrio Piedrahuena, donde vivía el Pity, se notaba mucho el trasfondo del dispositivo neoliberal. El padre de Pity tuvo que buscar otro empleo como DJ, porque obviamente se quedó sin laburo como oficial tornero. Hubo una desindustrialización masiva, pero se hacía muy notorio que las fábricas del barrio no estén más, que el almacén del barrio no esté más, y todas esas cosas entiendo que Pity, como hábil observador, las pudo materializar en sus canciones. Y en la dialéctica, generó Viejas locas. En sus canciones, Pity habla de todo eso, habla del jornal, habla del trabajo, habla de ese tiempo repartido entre trabajo y ocio. Se muestra como un trabajador de cara al mundo. Ni siquiera como un rebelde o como un reo, como un rockero anómico.
Él es un trabajador, es una persona que vive en un barrio, es una persona que se hace esas preguntas existenciales, porque también piensa en el sinsentido ¿Para qué trabajo? ¿Para qué trabaja mi papá si no llega a fin de mes? Y empieza a filosofar con eso, con esas aristas, con esos dispositivos, y eso me parece increíble. Creo que si Pity hubiera vivido en otro barrio, nos hubiéramos perdido de Viejas locas. Viejas locas es un producto de ese lugar y de ese momento. No es un producto reciclado, es un producto muy genuino, muy auténtico.

El libro, aparte de contar una historia de vida, nos da un contexto, nos lleva a los 90. Es inevitable hablar de lo analógico, lo artesanal. ¿Cómo aparecieron en la escritura esos recuerdos, esos objetos, esos testimonios que configuran una época?
Si uno quiere analizar la obra de Pity Álvarez y analizarla desde un costado sociológico, es imposible no pensar que la obra de él está atada a las diferentes coyunturas, Primero porque es un tipo que tiene una avidez muy particular para leer los escenarios. Soy un convencido que el tipo es un adelantado. Una vez me dijo que es muy importante la estrategia que vos tengas para lograr lo que vos quieras hacer o lo que quieras lograr. Y él tuvo una estrategia con Viejas locas, tuvo una estrategia con Intoxicados. La estrategia para mí siempre fue percibir los cambios que se estaban dando en la sociedad antes que los demás. En los noventa, las letras de Viejas locas lo empezaron a hacer despegar de las otras bandas que hacían rock barrial, las que tienen crítica social.
En los años noventa, el barrio donde él vivía es el barrio Piedrahuena y sus barrios aledaños: Ciudad oculta, Celina, Mataderos y Lugano. La opulencia que pregonaba el neoliberalismo en esos años desterró del mapa de la ciudad a los barrios esos que Pity habitaba, y empezó a describirlo con mucha sensibilidad. Homero es un exponente de eso, porque obviamente es un tema que es referente de la lírica de de Álvarez. Pero después uno se pone a pensar en descripciones que hace en Adrenalina, el trato de la de la fuerza de seguridad con los pibes en ese momento. Es inevitable también hablar de un montón de cosas… de llevar adelante esas estrategias. Por ejemplo, volantear, pegar afiches, pegar stickers en los bondis. Esa es una estrategia fundamental. El propio Pity lo dice: “eso es lo que nos hizo despegar de las otras bandas, la estrategia, sentarse a pensar”.
No hay que olvidarse de lo artesanal. Creo que él nunca se olvidó de eso. En la época de Intoxicados, el tipo lee en clave crisis del 2001 y hay que rearmarse para defenderse de los embates de la ruptura del contrato social. Era la Argentina del 2001: muertos en Plaza de Mayo, un presidente yéndose en helicóptero… Pity lo leyó con esa tónica: “tenemos que resistir ante esto” con otros aliados (el hip hop, el reggae, el blues, el funk y las bandas que se le empezaron a acercar a él). Me parece que es muy interesante lo que hace: despegarse del mote del rock barrial. Él renegaba mucho de eso, de la idea del sacarse la mochila a esto, “Ahora somos Intoxicados. Somos la continuación de Viejas locas, pero hacemos otra cosa”.
Me interesaba preguntarte sobre la elección de los epígrafes que dan luz sobre cada capítulo ¿Cómo los fuiste ordenando?
Con respecto a los epígrafes, los fui cambiando muchas veces. Me parece que son importantes para después del título adentrarte en qué puede pasar en el capítulo. O pensar o imaginar qué puede pasar en el mismo. Ahora se me viene el primero, la canción, Piedrabuena blues, que le da título al libro, habla del sudeste, habla de la Capital, habla de la autopista, de la General Paz. Piedrahuena tiene una estética blues, Chicago. Cuando leí por primera vez a Loic Wacquant y habla de los ghettos en Chicago, y en París, pero sobre todo los de Chicago, que es una ciudad muy blusera, a mí me interpeló muchísimo, porque yo estaba trabajando en ese momento ahí. Entendí que Piedrabuena es un ghetto, es un barrio ghettizado. De hecho mis estudiantes me decían, “profe, el finde vamos a ir a Capital”. Yo les decía “loco, pero Piedrabuena es Capital”. Hay algo ahí de una autoexclusión, de un ghetto y el blues es una música del ghetto también. El título ese está muy bien puesto por Pity. No creo que sea casualidad. Es un tipo muy lúcido, que todas estas cosas las lee rápidamente. Y Después al final utilicé a Melingo, un personaje entrañable, muy amigo de Pity. Hicimos una entrevista hermosa. Y no por casualidad en las vacaciones que nos fuimos con mi esposa y mi hijo, escuché muchísimo tiempo Tangos bajos. Uno de sus discos más lindos y la canción que cito se llama “Este Cuore”.
¿Cómo nace la idea de escribir un libro en este momento, en este contexto, cuando pareciera que el personaje sale de la oscuridad y vuelve a la luz?
La idea del libro empezó en la pandemia. Yo igual siempre seguí muy de cerca la carrera de Pity, los acontecimientos que lo rodeaban. Siempre merodeaba ahí. Mascullaba cuentos de él, siempre me llamó la atención su figura. Me pareció una persona superinteresante, superlúcida. Fue en pandemia. La situación de encierro y yo me había roto la pierna (se me había cortado el Aquiles), mi hijo tenía cinco meses. Un panorama medio apocalíptico para todos, y me puse a pensar. Tengo los discos de la banda de PitY, muchos recortes de revistas, diarios, y encontré una, que yo le llamo una bitácora, era un una agenda de recitales. Tomaba nota… hablando de lo artesanal. Tomaba nota cuando era más chico de los recitales a los que iba, y anotaba como un registro etnográfico de qué era lo que veía, qué sentí ese día, qué pasó, y me di cuenta que el noventa por ciento de los recitales que había visto eran de Pity. A los quince años iba a verlos cuando podía, cuando me escapaba. La verdad que mis viejos no me dejaban mucho ir a recitales, pero siempre me la rebuscaba para irlos a ver.
No fue casualidad que yo escribiera o me pusiera a escribir el libro cuando Pity estaba exiliado, ese autoexilio que a la vez fue de todos nosotros. Nos quedamos sin su música, sin sus apariciones, sin sus declaraciones, sin sus locuras.

Hay una frase muy hermosa que está al final del libro que dice, “no hay distancia entre la miseria y la gloria” ¿Cómo nace esa reflexión?
La frase esa me parece que lo define muchísimo a Pity. Hay muchas cosas que lo definen, pero me parece que es un tipo que , como me lo dijo Juan del Río esto, (él fue uno de los últimos violeros de Viejas Locas): siempre le gustó caminar por el wild side, como el tema de Lou Reed. Cuando tenía todo para hacer un show de la puta madre, cuando tenía todo para grabar un disco de un estudio increíble, cuando le arrimaban fechas y un cronograma de acá a un año, el tipo pateaba el tablero y hacía otra cosa. Pity condensa en muchos aspectos la argentinidad, la sociología de la argentinidad. Responde al orden maradoniano de las cosas. Hay muchísimos Pitys. Podés amarlo, podés odiarlo, pero nunca podés decir que el tipo no es auténtico. No le interesa glorificarse o estar en la cresta de la ola. El tipo puede estar comiendo una sopa de hongos en el programa de Tognetti y al otro día tocando en el Quilmes Rock en River para 50.000 personas y él sigue siendo la misma persona.
Hay un Cristian y hay un Pity. Cristian es este chico de familia, que viene de una familia trabajadora. Su mamá era empleada doméstica y su papá oficial tornero. Después hay un Pity que es estrella de rock. Es esa persona que puede estar en la miseria, puede estar en la gloria, puede ser un marginal, brillante como lo es. Es un tipo de frases brillantes, un tipo que te baja una sabiduría universal.
¿Cómo te parece que puede impactar en las nuevas generaciones que escuchan Viejas locas, Intoxicados, este universo, esta atmósfera tan alejada temporalmente de la actualidad?
Creo que el libro va a impactar positivamente para los pibes que se acerquen a Pity, porque van a entrar al artista por el arte, por la historia argentina, y no por los medios. Y no solo por los medios, sino por la gente que tiene animosidad de configurar una figura de Pity o como un fisura o como un quemado. Cuando en realidad es un artista de primera: compuso himnos, es reconocido por el panteón de prócer del Rock nacional, Pity tiene la llave de todas las audiencias. Es una persona muy adelantada. La nueva camada de música urbana hoy lo tiene ahí arriba. Creo que le va a hacer muy bien a los pibes entrar a la figura de Pity, y también entrar y y tener un un anclaje cronológico, conocer qué le hizo el neoliberalismo a la Argentina. Estos chicos que están tan alejados de nuestra historia, tan impulsados por esas ideas individualistas que obviamente rompen con cualquier tipo de colectivo.
Pity es un producto de las políticas de exclusión de los años noventa. El rock barrial en sí es eso, los pibes en la esquina, que ya no estaban en las escuelas, que ya no estaban en las fábricas. Estaban en las esquinas tomando birra, fumando un fasito y tocando la viola y la armónica. Es producto de eso.
Darío Alejandro Pagano
Nació en la Ciudad de Buenos Aires en 1985. Es Profesor de Historia y Licenciado en Ciencia Política. Actualmente es estudiante de la carrera de Sociología y dedica sus investigaciones a los asentamientos y barrios populares, territorios que también lo atraviesan como docente a tiempo completo en escuelas medias de la Ciudad.


